Son las 06:43 de la mañana y tus ojos ya están abiertos. No ha sonado aún la alarma que tienes programada para 07:30 horas, pero qué más da, te despides de tu almohada convencido de que así ganas una hora de más de trabajo que te ayude a compensar esos 274€ de cuota con la que cada mes te roba el Estado. Esa almohada ya olvidó tus sueños de ser futbolista, tenista o bombero…ahora comparte contigo preocupaciones, desvelos…y cada jornada toca plantarles cara.

Te pones en pie y sales a la calle a dar cuenta a tus jefes. Sí, porque desde que emprendiste para ser tu propio jefe, has comprobado que en cada uno de tus clientes hay uno de ellos a los que nunca puedes fallar. Y esos jefes tienen sus días, buenos o malos, y tienes que saber entenderlo.

Sales a la calle a conseguir jefes nuevos y, como los que ya tienes, tienen días buenos y malos. Si lo tiene malo te toca aguantar, poner buena cara y tirar de paciencia para soportar más de un chaparrón. Pero… ¿Y si lo tiene bueno? Entonces comprendes por qué lo hiciste. Ese agredecimiento y esa sonrisa suponen para ti más que cualquier sueldo fijo a final de mes. La sensación de saber que ayudas con tu trabajo no se puede tasar y ese es el mejor regalo que puedes recibir.

Son las 14:00 horas y miras el reloj esperando que no haya avanzado tanto. Eres de otra pasta. La necesidad te hace mejor y más fuerte. Agudiza tu ingenio y potencia tus ganas de trabajar. Entonces empiezas a hacer cuentas con tu horario y decides seguir hasta las tres para así poder acortar tu jornada a final del día. En un pestañeo ya son las 15:00 horas y cuando miras el móvil éste te sorprende con varias llamadas de casa. Te esperan para almorzar y sales corriendo para no fallar ante lo que para ti, lejos de tanto jefe, es lo más importante; Tu familia. Con cada bocado te vas organizando la tarde. Citas, cuentas, pagos, facturas, presupuestos…y sigues firme en tu idea de cerrar tu día de trabajo alguna hora antes en compensación de aquellas otras que invertiste por la mañana. Sin tiempo para siesta (los autónomos han de ser la excepción en Andalucía) sigues negociando con tu reloj y te vuelves a poner en marcha. Te llaman clientes que quieren verte, no para trabajo, simplemente quieren verte para estar contigo. Tomar un café o un refresco lejos de oficinas, aunque sea para hablar de trabajo. Sientes que eres importante para él y para su negocio, que le ayudas a sobrevivir en una sociedad que le obligó a inventarse un trabajo que le negaron durante años.

Empieza a caer la noche y compruebas lo que de antemano ya sabías; No se han recortado horas. Vuelves a casa y te reciben con la mejor sonrisa. Para vivir este vertiginoso mundo tu mano tienen que apretarla con fuerza y hacerte sentir cada día que nada puede salir mal. Ellos también son de otra pasta. Te duchas, cenas y tu cuerpo vuelve a pedirte música. Has terminado otro día, estás agotado, pero la adrenalina que causa vivir al borde del abismo tiene bastante más fuerza y tira de ti.

Son las 00:00 horas y acomodas tu almohada. Te esperan otras seis horas de ojos cerrados y cerebro despierto. Antes, en la ducha, has recuperado fuerzas analizando todo lo que hiciste, la de personas buenas con la que compartiste tu tiempo y a las que conseguiste ayudar. Todo cobra sentido de nuevo. Por eso lo hiciste, porque ayudando a los demás consigues ayudarte a ti mismo.

 

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